Rosalynn McGinnis tenía 12 años cuando fue llamada a la oficina de su escuela en Poteau, un pueblito de Oklahoma.

Pelirroja, delgada y de ojos azules, la niña salió del edificio con un hombre joven vestido de traje.

“Es como si la vida se detuviera”, explicaría después a la emisora KSHB,

“puedes recordar cada detalle, todo, dónde estabas, que el sol brillaba”, declaro, “es como si quedara impreso en tu mente”.

El hombre le pinto el pelo de negro y le puso unas gafas sin graduar para disfrazar su apariencia.

“No sabía que estaba pasando”, cuenta, “de repente mi madre no estaba, ni mis hermanos, nadie de mi familia, y estaba con ese hombre”.

La llevó a una habitación de hotel en Tulsa, a 130 millas, y allí la amenazo diciéndole que, si lograba escapar, la encerrarían en un manicomio por lo que se había dejado hacer.

“¡Todo mi mundo se derrumbó, pero aquello fue lo último que me hizo sentir desamparada!”, explica.

Su madre acudió a las autoridades, se repartieron carteles con su fotografía, pero nunca la encontraron.

Un año después de su desaparición, justo antes de su cumpleaños, dejaron de buscarla. Pero su horror no había terminado.

McGinnis había crecido en Springfield (Missouri), donde soñaba con aprender a tocar el violín y convertirse en veterinaria.

Ahí fue donde su madre conoció a Henri Piette, que pronto se convirtió en su mejor amigo y con el que no tardaría en contraer matrimonio.

Fue entonces cuando el hombre empezó a abusar física y sexualmente de la niña, en ese entonces tenía sólo 10 años.

Dos años después, el 31 de enero de 1997 la secuestró en el colegio.

Empezó entonces una huida que duraría años y les llevaría por diferentes pueblos de Estados Unidos y México.

Con 15 años, la joven se quedó embarazada por primera vez: su bebé nació en la parte trasera de una camioneta.

El hombre la obligaba a pedir dinero en las calles para gastarlo en drogas y alcohol.

Intentó escapar varias veces, pero el castigo recibido era terrible. “Llegado a un punto, dejó de importarme, me acostumbré”, explica, mostrando las cicatrices de las heridas repartidas de la cabeza a los pies.

El hombre la golpeaba con un rifle de asalto, un bate de beisbol, o botellas de cerveza.

Le disparó en varias ocasiones, y le rompió múltiples huesos.

El mismo día en que acababa de dar a luz a uno de sus hijos, le golpeó con una sartén de acero por hablar sin pedir permiso.

A principios de 2016, cuando llevaba 19 años secuestrada, su suerte cambió.

Vivía entonces con su secuestrador en Oaxaca (México), y ahi, en un supermercado, conoció a un matrimonio: Ian, de nacionalidad británica, y Lisa, estadounidense. Sus apellidos no han sido desvelados por motivos de seguridad.

McGinnis estaba en la fila para pagar, con dos carros cargados de alimentos, pero no tenía dinero suficiente. La pareja la ayudó. Así cuando se hicieron amigos Ian y Lisa se dieron cuenta de lo aislados y desesperados por hablar que estaban McGinnis y sus hijos, y así decidieron que tenían que hacer algo para ayudarles.

“La cuestión es cómo, qué, por qué y cuándo”, explica Ian.

Entonces el secuestrador cometió un error: le confió a la pareja que tenía 62 años. Ellos sabían que la mujer tenía 32 años, y su hijo mayor 17. “Había algo gravemente equivocado”, explica Lisa.

La pareja telefonéo a McGinnis y le ofreció su ayuda. Eso la animó a volver a intentarlo: agarró a sus hijos pequeños y los llevó a su casa. Denunció a su secuestrador para que le metieran temporalmente en prisión y ella tuviera tiempo para escapar a Estados Unidos.

El hombre fue arrestado de nuevo cuando intentaba cruzar la frontera en su busqueda, en septiembre de 2017.

Este lunes ha sido declarado culpable de secuestro, violación y abuso infantil, y podría pasar el resto de su vida en prisión, según informa el diario The Washington Post.